¿De qué están hechos los sueños?

Los sueños son extrañas criaturas. Se meten en nuestra cabeza, la ocupan y no se van de allí por mucho que intentemos desalojarlos. Como mucho, se quedan dormidos hasta que un día despiertan y te imploran que les escuches. Que lo hagamos o no, eso ya es cosa nuestra, pero no vamos a librarnos de ellos tan fácilmente.

Algunos sueños están hechos de ideales, otros de palabras, otros de imágenes, otros de telas, de objetos, otros llevan la marca de la sonrisa o la mirada de una persona, y otros puede que lleven un billete de avión incorporado. Hay tantos sueños como personas, y a veces ni siquiera uno mismo sabe distinguirlos.

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Sea cual sea tu sueño, o tus sueños, si es que tienes varios, no olvides apuntarlos cuando los encuentres. Los sueños no siempre se cumplen, pero son lo único que esta perra vida no nos puede quitar. Pase lo que pase, procura no olvidarlos. Nunca se sabe si llegará el momento de perseguirlos o de, si la persecución resulta infructuosa, encontrar un nuevo sueño por el camino.

Ebullición

Los que me conocéis ya sabéis que en realidad soy traductora, y que mi web y blog profesional es esta. Sin embargo, lo confieso: normalmente me apetece mucho más actualizar este, mi blog artístico y personal, que el profesional. Es más íntimo y ecléctico y, si algo soy, es ecléctica, no lo pongo en duda.

Me pregunto por qué, a veces, pasamos por estados de ebullición que nos inundan la mente. En mi caso, estos se manifiestan con borbotones de imágenes que me bailan en la cabeza, a las cuales tengo que dar forma como sea. Quizá por eso siempre he sentido el impulso de dibujar.

Sin embargo, me preguntaba por qué estos estados siempre aparecen cuando más ocupada estoy, cuando menos tiempo tengo para dedicar a mis aficiones, a mi terapia personal. Pero así es: cuanto más activo está mi cerebro, más divaga y se da una vuelta por los cerros de Úbeda, o más lejos aún, acompañado de imágenes, palabras y música.

Al final he llegado a una conclusión. Hace no mucho, cuando me autoimpuse dibujar cada día por poco que fuese durante un año, me quedó claro: la imaginación no se tiene, se cultiva. Se siembra, se riega, se la libera de malas hierbas y con paciencia se recolectan los resultados. Cuanto más se ejercita la imaginación, más se tiene. Esto no solo es aplicable al dibujo, ni solo a cualquier actividad creativa, sino a la vida en general. Si la imaginación no se usa, se adormece, permanece en estado de letargo y cada vez cuesta más esfuerzo despertarla. Lo mismo sucede al contrario, cuando se utiliza, cuando se piensa y se divaga demasiado, las ideas se acumulan en la cabeza y si no se liberan poco a poco la concentración es tal que pueden estallar.

Hace unos meses que no paro, que me meto cada vez en más fregados y proyectos relacionados con mi profesión, que voy de aquí para allá como una loca, queriendo hacer de todo a la vez. Y si no me relajo me puede dar un síncope de padre y muy señor mío, lo sé de buena tinta porque ya me pasó una vez y en aquel momento no conté con el arte para ayudarme a capear el temporal. Ahora que es mi aliado ya estoy notando la presión en la cabeza, las imágenes que desean salir a borbotones, y si no las libero van a estallar un día de estos.

Fijaos si bullo que hasta me ha dado por escribir un minicuento, a mí, que la idea de practicar la escritura creativa me paralizaba. Hasta de eso soy capaz ahora, así que creo que un simple dibujo de vez en cuando no va a ser suficiente. Mi mente está en ebullición y necesita de proyectos más ambiciosos, aunque sean personales y no profesionales.

El primer paso ha sido tomar la decisión de intentar tomarme mis actividades profesionales con calma. Ahí es donde entra el segundo paso. Esto es lo que voy a hacer con ese pequeño texto que he escrito y que, por el momento, permanecerá en secreto:

Este cuaderno se va a convertir en un libro ilustrado a mano. ¡Señor, dame tiempo!

Es una locura, y podría llevarme mucho tiempo. Pero la tengo en la cabeza y tengo que darle forma, antes de que estalle y se disperse. El arte es terapéutico, y necesito un poco de terapia para calmar mi mente y afrontar mis retos personales y mi futuro, para el que tengo muchos planes. Demasiado pensar puede ser contraproducente en medio de esta vorágine. Cuando dibujo no pienso, simplemente dibujo, y hay momentos en los que, simplemente, necesito dejar de pensar.

Veremos qué resulta de todo esto…

Don’t fear the Reaper

La muerte es parte de la vida, tan cierto como que acaba con ella, y precisamente por eso a su alrededor giran todo tipo de inquietudes, creencias, rituales, supersticiones y símbolos que nos recuerdan que siempre está ahí, y que es una de las pocas cosas de las que no nos vamos a librar.

Como ocurre con los conceptos abstractos que sin embargo tienen enorme peso en nuestras vidas, todas las culturas han intentado dotar de una personalidad a la muerte, como si ésta fuese un ser con el que te puedes encontrar y conversar, muy propio de los seres humanos, que nos creemos el centro del universo y por ello nos cuesta aceptar nuestra mortalidad. ¿Quizás por eso la representación de la muerte, el esquelético segador que nos acecha con su guadaña, es tan oscura, sombría y aterradora?

En realidad el origen de esta imagen está en un hecho muy concreto del siglo XIV: la epidemia de peste negra que asoló Europa, matando a 25 millones de personas. La enfermedad convirtió a la muerte en algo tangible, que se podía ver, oler y tocar, y no era nada agradable. Fue entonces cuando los autores y artistas de la época comenzaron a representarla como una figura esquelética, a veces sosteniendo un arma, que posteriormente se convertiría en una guadaña, con la que “segaba” las vidas de las personas. A veces, una muchacha joven aparecía junto a esta figura, recordando el vínculo existente entre la vida y la muerte. Ningún objeto ni característica del segador es casual. Todo tiene su significado: el esqueleto representa la descomposición de la carne; el manto negro, el luto, la oscuridad y lo desconocido; la guadaña es el instrumento con el que siega las almas que cosecha para llevarlas al más allá; y el reloj de arena que sostiene nos recuerda que tenemos los día contados, que todo tiene un final.

En otras culturas, pasadas y presentes, la muerte se personifica de otra manera, en unas es aterradora y monstruosa, en otras atractiva y agradable a la vista. Quizás sería mejor esto último, y que una cara bonita nos acompañara en nuestro último viaje. En nuestra sociedad, sin embargo, esta imagen del esquelético segador ha perdurado hasta nuestros días, trayendo consigo sus supersticiones, su pesimismo y el miedo a la muerte que hoy en día nos sigue acechando, y dudo que se nos vaya de la cabeza tan fácilmente. Al fin y al cabo es una herencia que nos viene de lejos.

Death and the Maiden… or Death is the Maiden?

Para saber más podéis leer:

http://en.wikipedia.org/wiki/Death_(personification)

http://science.howstuffworks.com/science-vs-myth/strange-creatures/grim-reaper.htm

El otoño ya está aquí

Aunque el otoño empiece oficialmente el 23 de septiembre, este año, en la práctica, se ha hecho de rogar, porque realmente hasta hace muy poquito no han llegado el frío y la lluvia.

Y por extraño que pueda parecer, el otoño es mi estación favorita… en verano hace demasiado calor y en invierno demasiado frío, y la primavera me gusta pero mi tendencia a tener alergia le quita algunos puntos. Además, le veo un romanticismo y un qué se yo a la lluvia, las hojas cayendo, esos colores marrones y ocres…

Por otra parte, es la estación de mi cumpleaños y soy de las que opinan que el año nuevo empieza en septiembre, porque el otoño trae, en muchos casos, una nueva etapa.

Así que, por todo esto y más, ¡os deseo un feliz otoño a todos! (aunque ya lo llevemos algo avanzadito)

Hoy es el primer día del resto de mi vida

Treinta años no se cumplen todos los días. Cierto es que en realidad es un cumpleaños más como tantos otros, que una ya tiene experiencia en esto de cumplir años, pero es una cifra que, de una manera o de otra, se nos antoja especial cuando la alcanzamos, y si no lo hacemos nosotros ya se encargan los demás de recordárnoslo.

Hace unos meses una persona muy especial para mí me dijo que era un error muy grande de la sociedad actual esa idea que se tiene de que la cúspide de nuestras vidas, la mejor época, tiene que ser en nuestra más tierna juventud, y creo que tiene toda la razón del mundo. Parece que rondando esta edad ya tenemos que tener nuestra vida hecha, planificada, y bien montada. La etapa de experimentar, de probar cosas, quedó atrás; es el momento de sentar la cabeza.

No puedo parar de pensar que si tengo mi vida ya montada y planificada y así va a ser todo el tiempo que me queda acabaré siendo una cuarentona muy frustrada, ¡con la de cosas que me quedan por hacer! Tampoco va conmigo lo de volver la vista atrás y pensar en mi juventud, divino tesoro. Supongo que para cada persona será diferente, pero de hecho cuando pienso en mí a los 20… ¡yo a los 20 era una pringada! No reniego de otras épocas ni mucho menos, ya que mi veintena ha estado muy bien; he estudiado, he trabajado, me he espabilado, he viajado, he crecido como persona, he conocido a mucha gente y he dado tumbos de un lado para otro buscando algo que puede que siga sin saber muy bien qué es; buscándome a mí misma tal vez. De alguna manera, he acabado aquí, donde estoy ahora…

Pero ahora, gracias a todas esas experiencias, soy mucho más fuerte, estoy más segura de mí misma, y creo que por una vez en mi vida sé lo que quiero. Y es una sensación extraña porque no la había tenido nunca. Siempre me he dejado llevar por la corriente, dando vueltas de una ciudad a otra, de un país a otro, pero sin saber a dónde voy. El paso por la veintena me ha llevado a ser lo que soy ahora, y ahora soy, en cierto modo, la clase de persona que quería ser a los 20.  Ahora que he llegado hasta este punto, está claro que no he hecho más que empezar. Tengo mucho por probar, por hacer, por aprender, por experimentar, y lo más importante:

Tengo planes, muchos planes…

Hoy comienza la mejor década de mi vida, o eso me he propuesto…

El baúl de los recuerdos (I)

Miranda (The Tempest), de John William Waterhouse:

Este cuadro prerrafaelista que ilustra una escena de una obra de Shakespeare adornaba la portada de una novela que me encantaba cuando era mucho más joven: La Reina de las Nieves, de Carmen Martín Gaite. En realidad el cuadro y la novela no tienen nada que ver, pero a algún avispado editor se le ocurrió la idea de ponerlo como ilustración de cubierta para así, supongo, ahorrarse el tener que pagar a algún ilustrador, fotógrafo o diseñador gráfico para que le hiciera la portada…

Lo mismo da, el caso es que me regalaron esa novela por Reyes, allá cuando tenía 13 años (regalarme libros era siempre un acierto tratándose de mí). La devoré, y la releí varias veces durante mi adolescencia. Pero no sólo me encantó la novela, la imagen de la portada también me fascinaba y me parecía preciosa. Era de esas que me podía pasar horas mirando. No logré dilucidar muy bien de dónde habían sacado el cuadro porque alguien no tan avispado había escrito en la contraportada que la imagen de la portada pertenecía a un cuadro llamado Mirando la tempestad, de un tal Waterhouse que no me sonaba de nada. Tuvieron que pasar muchos años para que conociera de verdad a este pintor, gracias a otros cuadros suyos, me encantara, y me sorprendiera encontrando más tarde a este cuadro entre sus obras, descubriendo que no era Mirando la tempestad, sino Miranda (la tempestad).

Pero a lo que iba, este cuadro no es especial para mí porque me gustara y me pasara horas mirando la pequeña cubierta del libro (hay muchos cuadros con los que he hecho eso a lo largo de mi vida, antes y después que este), sino porque a los 14 años, un buen día de febrero, me dio un arrebato, cogí la portada del libro, unos carboncillos y mi bloc de dibujo tamaño A3 que me había regalado mi padre para mi cumpleaños, ese tan grande que tanto respeto me daba, e hice esta, la última gran obra de mi adolescencia:

Una joven aspirante a artista orgullosa de su obra

Una joven aspirante a artista orgullosa de su obra

¡Así de orgullosa estaba que hasta me hice una foto con el dibujo y todo! El dibujo tendrá sus fallos, y muchos, pero yo era una cría que no había dado una clase de dibujo en su vida, ni la daría hasta muchísimos años después, ya de adulta, y Miranda supuso la cima de mi corta carrera hasta entonces. Pero también supuso el principio del fin. En los meses siguientes no logré hacer nada que lo superara, ni siquiera que lo igualara. Acabé autoconvenciéndome de que eso era lo máximo que podía llegar a hacer, de que había alcanzado el límite de mis capacidades. En definitiva, me faltaba alguien (un amigo, un profesor, o yo misma) que me diera una buena colleja y me obligara a seguir. Así, mis dibujos cada vez fueron espaciándose más hasta que sólo hacía cosas facilonas y pequeñitas en las hojas traseras de mis cuadernos del instituto, o en los bordes de mis agendas escolares. Mi evolución se quedó estancada, y tuvieron que pasar casi 10 años para que me diera cuenta de que podía llegar más lejos aún, y de que aún hoy me queda mucho por recorrer.

Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.